Afuera, el sol brillaba con fiereza sobre los jardines impecables y las fuentes de mármol reflejaban la luz con destellos casi cegadores. Los guardias estaban apostados en cada rincón, reforzando la sensación de que aquella propiedad era una fortaleza impenetrable.
En una de las terrazas, Dante Bellandi estaba rodeado por varios de su personal de servicio. Con un cigarro entre los dedos y el ceño fruncido, daba órdenes con su tono grave y autoritario.
—Quiero que limpien la casa de huéspedes má