Dante había caído rendido. Después de noches sin dormir, velando por Svetlana como un guardián incansable, el agotamiento finalmente lo doblegó. Su cuerpo, forzado más allá de sus límites, cedió en el sillón junto a su cama, donde aún dormía ella, frágil y hermosa, conectada a los monitores que marcaban el ritmo pausado de su respiración.
El sueño lo atrapó con rudeza, profundo y sin sueños, hasta que un estruendo desde el exterior lo arrancó de sus breves momentos de descanso. Voces, pasos apr