El aeropuerto privado olía a queroseno y orden. Ásgeir escoltó a Fabio hasta la escalerilla con la mano muy cerca del arma, sin tocarla. Dos motos flanquearon el despegue. Nadie los miró porque nadie debía.
—En aire —avisó Ásgeir—. Tiempo de vuelo estimado, diez horas. Duerme un poco, Dante. Descansa, que sé que no lo has hecho en días.
Por primera vez en mucho tiempo, Dante obedeció. Se permitió sonreír, aunque fuera un gesto mínimo, y cedió el permiso de relajarse. Dio media vuelta, caminando