El zumbido insistente del teléfono perforó el silencio de la madrugada. Dante abrió los ojos de golpe, y su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se incorporó con un gruñido bajo y deslizó una mano sobre su rostro, tratando de ahuyentar el peso del cansancio. Apenas había logrado cerrar los ojos, con la imagen de Svetlana todavía quemándole el pensamiento.
Tomó el móvil de la mesita de noche y contestó en voz baja.
—¿Qué pasa?
—Es Adriano, jefe —respondió la voz firme de su hombre de confianza en