El rugido del jet privado cortaba el cielo con la misma precisión con la que un bisturí disecciona la carne. La cabina estaba sumida en una tensa calma, solo interrumpida por el murmullo de los motores y el tenue tintineo de los vasos de cristal cuando alguno de los hombres movía la muñeca con impaciencia.
Dante estaba sentado junto a la ventanilla, una copa de whisky en la mano y la mirada fija en el vacío. A lo lejos, las luces de la ciudad parecían un enjambre de luciérnagas atrapadas en la n