El corredor olía a desinfectante y metal. Las luces fluorescentes colgaban sin piedad del techo, zumbando como insectos en una noche de verano, proyectando sombras duras que rasgaban la piel de la memoria. Los pasos de los guardias resonaban como martillazos en la losa, ajenos a la historia que cargaba el hombre de traje naranja que caminaba en medio de ellos.
Fabio se movía sin prisa, con la barbilla alta y la mirada pegada al suelo, como si fuese capaz de desenterrar la lealtad caminando una