El sol apenas comenzaba a colarse entre las pesadas cortinas de la villa Bellandi, bañando de luz suave las paredes de piedra. La mañana estaba tranquila, pero en la mansión había un bullicio inusual. La noticia de los trillizos de Svetlana había recorrido los pasillos con una rapidez asombrosa, y con ella, una ola de emoción que parecía envolverlo todo.
Dante salió muy temprano a atender algunos asuntos.
Svetlana estaba recluida en su habitación, acurrucada en un rincón del gran sillón junto a