Dos semanas después...
—¿No te aburres allí sentada todo el día? —preguntó él, con la voz todavía un poco áspera por los días de intubación, pero firme, ya sin los temblores del dolor o la morfina.
—No me aburría cuando estabas inconsciente, ahora menos que puedo hablar contigo —le respondió ella, sin despegar la vista del libro abierto en su regazo.
Él giró la cabeza hacia ella, y por un instante no pensó en las vendas ni en los cables que aún estaban conectados a él. Por un instante, se sinti