La luz del atardecer se colaba por los ventanales del improvisado centro de operaciones en Campania, tiñendo las paredes de un tono ámbar melancólico. En el centro de la habitación, Svetlana se ajustaba los puños de la camisa negra de lino. Sus movimientos eran precisos, metódicos. No llevaba adornos. Ni aretes, ni colgantes, ni anillos. Solo su mirada firme, la trenza apretada y ese porte de acero templado.
Sobre la cama, un bolso de mano. Lo justo. Una muda limpia, una carpeta con información