Era medianoche. Las luces estaban tenues. Y Erik tecleaba como un maldito demonio. Sus ojos oscuros, sin parpadear, seguían el código que se desplegaba en la pantalla.
Cada línea era una puerta.
Cada símbolo, una amenaza.
Pero él no fallaba.
De pronto, el sistema pitó.
—Lo tengo —dijo.
Todos alzaron la vista.
Svetlana fue la primera en acercarse.
—¿Qué es?
Erik giró la pantalla.
—Un mensaje interceptado. Redirección satelital, rebotado en una red privada en Zúrich, triangulado por una antena mó