El cielo estaba cubierto por un manto de nubes espesas que presagiaban lluvia, como si el propio firmamento dudara entre romperse o seguir conteniéndose.
Fiorella se detuvo frente al portón de la villa Bellandi, con el corazón estrangulado entre las costillas y las manos heladas a pesar del calor húmedo que envolvía Reggio Calabria esa mañana. El sol no se atrevía a salir, y ella tampoco a tocar. Había pasado más de veinte minutos dando vueltas por las colinas cercanas, buscando el valor que aú