Dante estaba de pie, con los puños apoyados sobre la mesa. La mandíbula apretada. Las venas marcadas en el cuello. Nadie se atrevía a hablar hasta que él lo hiciera.
—¿Cuántos fueron? —dijo, sin levantar la mirada.
Uno de los soldados más jóvenes, Marco, tragó saliva.
—Dos de los nuestros, Paolo... y Lele.
Dante cerró los ojos un segundo. El silencio que siguió fue una lápida cayendo.
—Y el resto... —prosiguió con voz grave—. ¿Alguien más herido?
—Gennaro tiene una bala en el hombro. Nada morta