El viento helado silbaba sobre las colinas, arrastrando consigo el aroma a tierra húmeda y pino fresco. La chimenea crepitaba en un rincón, llenando la estancia con un resplandor dorado que proyectaba sombras en las paredes. Aun así, el frío de Aspromonte se filtraba por cada rendija, calando en los huesos como un recordatorio del peligro que acechaba afuera.
Svetlana avanzó con cautela, sus pies apenas rozaban el suelo. Con cada paso, su corazón martilleaba con fuerza desmedida, un tamborileo