La villa Bellandi parecía respirar en una calma artificial, como si sus muros contuvieran el aliento.
En el salón principal, la luz del atardecer teñía las cortinas de un rojo casi sangriento. La gran mesa de roble, tallada a mano, estaba rodeada por figuras conocidas: Fabio a la izquierda de Dante, sereno pero con el ceño fruncido, además de hombres de confianza, sí, pero no inmunes al desconcierto.
Dante escuchaba. Brazo apoyado sobre el respaldo de su silla, la otra mano sostenía un vaso de