Una niebla espesa cubría las calles adoquinadas de los barrios bajos de Moscú. El humo del tabaco, la suciedad y el miedo se colaban en las rendijas de los muros húmedos como si fueran viejos espíritus regresando a casa.
—Te digo que lo vi, Arkady... —susurró un hombre con el rostro cubierto de cicatrices, mientras dejaba caer un trago de vodka barato en su garganta—. Vi al puto Bellandi. Con mis ojos.
Estaban en el sótano de un club clandestino, bajo la fachada de una ferretería abandonada. La