Esa mañana, el destino jugó su carta más inesperada.
Mientras los recién casados recorrían las instalaciones, Lía estaba limpiando el pasillo principal del área de los directivos. Llevaba puestos los audífonos, ajena a todo, tarareando una canción suave mientras movía la cadera al ritmo de la música. Sus movimientos eran naturales, ligeros, pero tenían algo de sensualidad involuntaria que atrapaba las miradas.
Rafael fue el primero en verla. Se detuvo en seco, incrédulo.
Aquella figura, ese r