La mesa quedó en un silencio sepulcral.
Solo el sonido de los cubiertos contra los platos, y el respirar agitado de Titus lo rompía.
Daniela no se movía. Sentía el calor en la nuca, las manos heladas, la mente viajando hacia un solo pensamiento: ¿quién?
—Eso es imposible —musitó él como si estuviera muy cansado, rompiendo el silencio con voz temblorosa—. Marcela no fue envenenada… No… eso… eso es una mentira, Víctor. Nadie de mi familia podría hacerlo, porque ella estaba bajo mi protección.
—¿E