Daniela caminó por el amplio pasillo de la mansión Vanderbilt con una mezcla de emociones en el pecho. El aire fresco de la noche la envolvió cuando salió a la parte de afuera, visualizando el jardín, permitiéndose calmar un poco su mente.
A lo lejos, las luces de la ciudad parpadeaban con indiferencia ante el torbellino de su vida.
—Deberías ser más cuidadosa.
La voz grave la tomó por sorpresa. Giró la cabeza y encontró a Titus de pie en el umbral de la puerta. Había encendido un cigarro, y el