El salón principal se sumió en un silencio sepulcral cuando Víctor y Daniela entraron de la mano. La simple unión de sus dedos fue suficiente para encender la alarma en Antonella y Amelia, cuyas expresiones de incredulidad hablaban por sí solas. Victoria, por su parte, apenas pudo pestañear, pero Titus, el patriarca, se levantó de su sillón con una sonrisa incrédula.
—Esto sí que es una sorpresa… —soltó Titus, mirándolos con atención.
Víctor sonrió con calma, sin soltar la cintura de Daniela. El