El silencio que siguió a las palabras de Víctor fue casi ensordecedor. Los mellizos lo miraban fijamente, como si esperaran que se retractara o dijera que era una broma. Pero él no lo hizo. Se quedó ahí, con la espalda recta y la mirada firme, dándoles el tiempo que necesitaran para procesarlo.
Si no estaba siendo fácil para un adulto de 35 años como él, mucho menos sería para unos niños de 5 años, a quienes se les había mentido en toda su vida.
Víctor tenía el aire contenido, en toda su vida n