Bruno descendió las escaleras con paso firme, pero por dentro todo su cuerpo ardía con una mezcla de ansiedad y resolución. Frente a Lorenzo Machiatti, su abuelo, no solo se sentía como el niño que fue, sino también como el hombre que necesitaba confrontarlo.
El anciano estaba sentado ahora en uno de los salones, con una copa de vino en la mano y la mirada fija en el fuego de la chimenea. Bruno entró sin ser anunciado porque no necesitaba presentación.
Bruno cerró la puerta con suavidad, aunque