Daniela estaba de pie frente al ataúd. La sala de la familia Vanderbilt estaba sumida en la penumbra, y el aroma de las flores mezclado con el barniz del ataúd le resultaba asfixiante y las náuseas se apoderaban de ella. La madrugada avanzaba lenta, y nadie más estaba allí. Todos se habían ido a descansar mientras Daniela no podía dejar de llorar.
El silencio le permitía escuchar sus propios pensamientos. Su madre descansaba en paz, pero ella estaba atrapada en un infierno del que debía salir.