Devan observó con expresión impasible a Ronan, que seguía arrodillado sobre el asfalto.
En sus ojos no había rastro de satisfacción ni de victoria; solo quedaban las cicatrices de viejas heridas, endurecidas hasta convertirse en una determinación inquebrantable.
—Levántate, Ronan. Arrodillarte no cambiará absolutamente nada —dijo Devan con una voz baja, pero tan fría que atravesaba el alma—. Todo lo que le ha ocurrido hoy a tu familia no es únicamente culpa tuya.
Ronan levantó lentamente la cab