La sirena de la ambulancia rasgaba el silencio de la noche con su estridente sonido.
En la parte trasera del vehículo de emergencias, Alexa sujetaba con fuerza la mano de Devan, cuya calidez le brindaba un mínimo consuelo. El elegante blazer que llevaba puesto ahora estaba manchado con la espesa sangre de su esposo.
Desde el momento del accidente, Alexa no había dejado de llorar. Sus ojos, enrojecidos e hinchados, permanecían fijos en el rostro de Devan, que mantenía los ojos cerrados mientras