Eleanor escurría la fregona por enésima vez.
El cubo de plástico que tenía delante ya estaba lleno de agua jabonosa, cada vez más turbia.
La espalda y ambos brazos le dolían intensamente después de pasar horas fregando el suelo de los baños y limpiando cada rincón del Departamento de Planificación.
Levantó la vista hacia el gran ventanal.
El cielo de la ciudad ya se había teñido de un negro profundo, iluminado únicamente por las luces centelleantes de los rascacielos.
La zona de cubículos tambi