Marco siempre había sido un hombre paciente.
Desde niños, cuando Sofía se caía de la bicicleta o llegaba llorando porque otra niña la había empujado, él era el que la levantaba, el que la defendía, el que se quedaba en silencio mientras ella hablaba de sus sueños, de sus miedos, de sus ganas de escapar.
Y ahora, después de años de acompañarla sin pedir nada, la veía alejarse. Cada día un poco más.
La mujer que había dejado entrar en su corazón sin que ella lo supiera, ahora era un misterio. Una