Leandro, con su herida aún no curada, regresó a su hogar arrastrando un cuerpo agotado y cansado. Su hogar estaba vacío. Parecía una gran tumba, silenciosa. La puerta estaba abierta y él no se molestó en cerrarla, dejando que la brisa nocturna entrara, soplando las cortinas con fuerza.
Al encender la luz, su alrededor se iluminó. Miró los muebles; los objetos seguían allí, pero las personas no. Todo era extremadamente irónico.
Dando unos pasos hacia adelante, llegó al salón. De repente, su pie r