El viento de los rotores sopló fuerte y gradualmente disminuyó. Leandro vio a Luna y casi corrió desbocado hacia ella.
El conductor iba a recibirlo, iba a abrir la boca para hablar.
Leandro se acercó directamente, agarró el pulso de Luna, lo sostuvo con fuerza y, con un esfuerzo, la atrajo hacia él.
—Luna, tienes mucho atrevimiento. ¿Osaste huir? ¿No quieres tu vida? —rugió, furioso.
Sus ojos, llenos de ira, y sus cejas fruncidas formaban una expresión severa. La voz rugiente resonaba en sus oíd