—Lo siento, no, no sabía... —balbuceó, pero luego, cambiando de pensamiento, se puso firme—. Este es mi cuarto, te has equivocado de habitación.
Leandro la miró con desdén y le sujetó el pie pequeño.
—Cada una de estas habitaciones es mía —dijo, como si fuera lo más natural del mundo.
Luna se quedó sin palabras.
Quería retirar su pie, pero él lo sostenía con fuerza.
—Me sedujiste y ahora quieres retractarte. ¿Crees que es posible?
—No lo hice, tú estabas dormido. No me atreví a despertarte y, ad