Las pesadillas la envolvían constantemente, como enredaderas que se ciñen al cuello. Luna sacudía la cabeza con desesperación, respirando con dificultad, sintiendo que le faltaba el aire. De repente, su garganta emitió un grito ronco.
—¡No, no!
—¡Diego!
—¡No te vayas!
Entonces, se despertó de golpe, abriendo los ojos. Estaba empapada en sudor, su pijama de seda estaba completamente mojado, pegándose a su piel y delineando su figura esbelta.
Inhaló profundamente, esforzándose por calmar su aceler