Con unas cuantas palabras descuidadas, la pareja Hernández se sintió como si sus almas hubieran sido arrebatadas, y sus lenguas estuvieran envueltas en humo.
Ema, con su mirada llena de rencor y malicia, clavó sus ojos en el rostro indiferente de Alejandro, ocultándose tras Enrique como un espíritu maligno. Su mirada era tan intensa y escalofriante que parecía ser una bruja. —¡Alejandro! ¿Acaso olvidaste quién eres? —rugió Enrique, temblando de rabia.
—No necesitas recordármelo una y otra vez. S