(NARRADO POR KEELEN)
El interior del helicóptero era un infierno de ruidos metálicos y gritos profesionales que yo apenas procesaba. El viento golpeaba el fuselaje, pero mi mundo entero se reducía a la figura pequeña y pálida de Eira sobre la camilla. El médico militar le aplicaba compresiones en el pecho con un ritmo mecánico, mientras el monitor cardíaco lanzaba una línea verde y plana que me estaba perforando el cerebro.
—¡La perdemos! —gritó el paramédico en griego—. ¡No hay pulso! ¡Cargue