(NARRADO POR KEELEN)
El aeropuerto de Atenas era un caos de luces parpadeantes y gritos en lenguas que mi cerebro, aturdido por veinticuatro horas sin dormir, apenas lograba procesar. Corrí por la terminal de llegadas internacionales, con la ropa arrugada y el alma hecha jirones. Artemises venía unos pasos atrás, escoltado por personal de la embajada, pero yo no podía esperarlo. Mi cuerpo se movía por un instinto primario, una fuerza magnética que me empujaba hacia el mostrador de crisis de las