El vapor del agua caliente me había ayudado a relajar los músculos, pero mi mente seguía fija en el hombre que esperaba al otro lado de la puerta. Al salir de la ducha, me di cuenta de que no había traído mi pijama. Con un pulso errático, busqué algo que ponerme y mis ojos dieron con una de las camisas de Keelen que él había dejado sobre el tocador. Era de un lino blanco finísimo, impecable, con su aroma a sándalo y autoridad impregnado en cada fibra.
Me la puse. Me quedaba enorme; el dobladillo