El suave pitido de la tarjeta magnética al abrir la puerta de la suite fue el sonido que marcó el inicio de mi nueva realidad. Keelen entró primero, manteniendo la puerta abierta para mí con un gesto que mezclaba la cortesía del caballero con la autoridad del dueño. Al dar el primer paso dentro, me quedé sin aliento.
La suite era un sueño de mármol blanco y ventanales inmensos que desaparecían para integrar la habitación con el Mar Egeo. Frente a nosotros, bañada por la luz anaranjada del atard