El calor de Grecia nos recibió como un golpe físico al bajar del transporte. El aire olía a sal, a olivos y a esa libertad antigua que parecía emanar de las piedras blancas del hotel boutique donde nos hospedaríamos. Era un lugar idílico, con buganvilias cayendo por las paredes y el mar Egeo brillando al fondo como un manto de zafiros.
El grupo de estudiantes, agotado por el viaje pero entusiasmado, se agolpó en el vestíbulo de mármol frente al mostrador de recepción. Keelen, con su presencia im