La oficina de Keelen se sentía como una cámara de ejecución esa mañana. El aire estaba cargado con el aroma a sándalo de su perfume y la frialdad de su silencio. Desde que entré, no me había dirigido la palabra, limitándose a señalar con un gesto seco la pila de documentos del viaje que debía organizar. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía tallada en el mismo mármol de las estatuas que tanto admiraba.
—Profesor... —intenté romper el hielo, con los dedos temblando sobre los pasaportes.
—Org