—¡Crash!
La taza y el plato cayeron al suelo, y el café se esparció por todas partes, dejando un desastre.
El asistente se quedó paralizado. Cuando reaccionó, empezó a recoger los trozos de cerámica con torpeza, haciendo gestos de disculpa sin emitir sonido.
Guillermo, que seguía al teléfono, solo le dedicó una mirada indiferente y no dijo nada.
El joven, temblando, terminaba de limpiar el desastre, mientras se consolaba con un pensamiento optimista: “¿Así que al jefe le gusta coquetear con su