Ese día, Guillermo no tenía mucho trabajo. Antes de ir a recogerla, había pasado por el supermercado e hizo que Mateo comprara algunas cosas, pidiéndole especialmente que buscara costillas tiernas.
Al llegar a casa, Miranda se tiró en el sofá a jugar con el celular, aunque de vez en cuando asomaba la cabeza para ver cómo iban las costillitas.
Tenía que admitirlo: ese desgraciado de Guillermo era muy inteligente. Desde pequeño, siempre había aprendido más rápido que los demás, y al entrar al gru