Anna
El hospital huele a desinfectante, a miedo y a latidos desbocados.
Cada paso resuena en este pasillo demasiado blanco, demasiado limpio. Hay ruido de pasos, gemidos ahogados, una voz que llora detrás de una cortina.
Pero yo solo oigo una cosa: el zumbido sordo de mi angustia.
Aprieto la mano de Louis con tanta fuerza que se me entumecen los dedos.
Pero no puedo soltarlo.
No puedo soltarlo ahora.
Él está aquí. Conmigo. Y si me suelto, me derrumbaré.
Louis
— Todo irá bien —murmuro—. Estoy aq