Camille
Marco el número sin temblar.
Es extraño, ese dominio que recupero de repente. Como un viejo abrigo que creíamos perdido, olvidado en un desván. Regresa. Se enrosca en mis hombros. Me mantiene erguida, glacial.
La línea suena. Una vez. Dos veces. Tres.
Luego su voz, seca, autoritaria:
— ¿Camille? Es tarde.
— Lo sé.
Silencio. Él espera. Sabe que no llamo por nada. Nunca he sido impulsiva. No con él. Ni con nadie, en realidad.
Soy esa clase de mujer que se cree dócil porque calla. Hasta qu