Anna
No sé cuánto tiempo permanezco allí, encerrada, con el rostro hundido en las sábanas, respirando su perfume como una droga. Mi cuerpo me traiciona, de nuevo, incluso en este dolor sordo que me agota. Y entonces, lentamente, la puerta se abre. Sin llamar. Como siempre.
Lo siento. Sé que es él. Su presencia me invade, asfixiante, ardiente. Mi corazón se aprieta, mi garganta se nuda. Quisiera levantarme, gritar, repelerlo. Pero permanezco inmóvil, incapaz de luchar contra lo que es. Contra lo