Anna
Estoy acurrucada contra él, aún jadeante de nuestros encuentros. Mi piel arde bajo sus caricias posesivas, pero su mirada se ha oscurecido. Un silencio pesado se instala, y siento su corazón latir fuerte contra mi espalda.
— Anna… Tienes que entender una cosa, murmura con una voz grave y firme.
Me tenso ligeramente, temiendo lo que está a punto de decir. Pero me callo, esperando que finalmente suelte lo que pesa sobre sus labios.
— No quiero hijos. Nunca. ¿Está claro? No quiero un heredero