Cuando uno de esos hombres se atrevió a extender la mano hacia mi pecho, no dudé ni un segundo en sacar la pistola eléctrica y descargarla sobre él. Sin darles tiempo a entender qué pasaba, fui por los otros cuatro de uno en uno.
Al poco rato solo se escuchaban quejidos por todas partes. Ahí quedaron los cinco tipos, retorciéndose en el piso.
Inmediatamente saqué mi celular y llamé a la policía. No me importaba quién estuviera detrás de esto; las autoridades se encargarían de investigarlo.
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