—No pienso tolerar esto más —escupió de pronto—. Dora queda despedida. Gerhard también.
Giré hacia él, tratando de contenerlo.
—¿Estás escuchándote, Leo? Dora no hizo nada. Ella lo recibió como a un pariente, ¿qué más podía pensar? —lo enfrenté—. Incluso envió un mensaje avisándome, que estaba en el despacho, no alcancé a leerlo. Y Gerhard estaba abajo, aparcando, ordenando las cajas con las bolsas de Navidad. Le pedí que lo hiciera. ¿Qué culpa tiene él de todo esto?
—Estuviste expuesta —susurró