—¿De verdad no lo ves? —espeté rabiosa, interrumpiéndolo—, ¿Crees que después de lo que hiciste... puedo siquiera desearte?
Le miré fijo —Me das asco Leo—escupí mordaz.
Eso último hizo que se quedara inmóvil. Su expresión... se apagó como una vela hundiéndose en su propia cera. No intentó defenderse. Ni una excusa. Nada.
Me volteé, abrí la puerta y salí. No podía seguir ahí. Si permanecía junto a él, no iba a ser capaz de sostener esa gran mentira un segundo más.
Porque sí. Era mentira. Mald