—Ares… —lo llamé, preocupada, y abrí mucho los ojos cuando lo toqué. —Estás ardiendo de fiebre.
Me tomó de la mano, alejándola con cuidado. —No es nada, ángel.
—¿Cómo que no es nada? —casi le pego un puñetazo, inconforme. —Y ni siquiera desayunaste.
—Esto siempre pasa, Maya. —dijo un poco más serio, molesto porque estaba preocupada por la razón. —Pasará dentro de un rato.
—¿Y crees que es normal tener fiebre todo el tiempo? —insistí, tomando los papeles que estaban fuera de su mano y colocándol