Él inclinó la cabeza, sus ojos brillando con determinación — En ese caso… —
La atrapó entre sus brazos otra vez, la hizo caer bajo su peso y la besó con una intensidad que no le dejó tiempo de pensar. Sus labios recorrieron su cuello y clavícula, su piel se estremecía, y aunque ella sabía que debía detenerlo, el cuerpo la traicionaba con cada respuesta. Don Darío no le daba espacio para dudas: La quería cerca, la quería suya.
— ¡Don Darío! —
— Yo no estoy seguro sí está será nuestra última vez