— Bueno, iré a dormir y necesito descansar, también pensar —
Korina sé comenzó a ir una vez que le dio un beso a Lían, primero tomó un baño y cada vez que cerraba sus ojos se veía con él.
El agua caía sobre su rostro y arrastraba sus lágrimas, mezclando la desesperación con un sentimiento que no sabía cómo llamar. Cada gota era un recuerdo de los besos de Don Darío, de la manera en que la había tenido entre sus brazos, tan cercano y al mismo tiempo tan inalcanzable.
— ¿Por qué siento esto? — Murmuró para sí misma, dejando que la corriente borrara sus miedos, aunque no sus pensamientos.
Se aferraba a Lían en su mente, a la idea de que siempre debía protegerlo, de que nunca podía dejarse arrastrar completamente. Sin embargo, cada imagen de él la hacía temblar, recordándole lo vulnerable que se sentía cuando él estaba cerca.
Se secó con cuidado, evitando mirarse al espejo para no romperse aún más. Tomó una toalla y abrazó a Lían imaginariamente, sintiendo que su decisión de irse del mund