Tomando la iniciativa, Korina se deslizó fuera de su agarre. Con una decisión poco habitual en ella, lo empujó suavemente hacia la cama. Sin dejar de mirarlo, comenzó a despojarse de su ropa, y él la imitó. En cuestión de segundos, ya no había nada que los separara.
El contacto piel con piel hizo que ambos soltaran un suspiro cargado de deseo. Korina se dejó caer sobre él, y pronto el placer los envolvió, creciente, intenso, como si el mundo alrededor dejara de existir.
Los gemidos comenzaron